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Clonación: un debate ético y mediático
(almudi, 2002-12-13)

Los problemas éticos que suscita la clonación de embriones humanos y las enormes deficiencias y paradojas presentes en las legislaciones que regulan dichas técnicas, se han puesto particularmente de manifiesto en estos últimos meses a raíz de la importante repercusión mediática del caso de Molly Nash, una niña aquejada de anemia letal, cuyos padres decidieron concebir un nuevo hijo, Adam, seleccionado de entre 15 embriones fecundados in vitro, genéticamente óptimo para ser donante de células a su hermana y poder curar su mortal enfermedad.

Todos los diarios, en sus editoriales y desde la pluma de sus columnistas, todos los comentaristas radiofónicos y televisivos, han entrado en materia y han conseguido que, con la mayor naturalidad, una serie de conceptos biomédicos (stem cells, óvulos desnucleados, fibroblastos...) y una serie de complejas técnicas de laboratorio (clonación, diagnóstico preimplantacional, terapia génica...) entren a formar parte de nuestra realidad cotidiana, de manera que comienza a parecernos mucho más sencillo y próximo -casi elemental producir en una probeta un hígado o un riñón, independientes de un sujeto humano, que poner un pequeño vehículo en Marte que no se estropee después de tropezar con alguna diminuta piedra de su superficie. El impacto mediático de la clonada oveja Dolly, más allá del asombro ante el avance científico, no disimulaba los graves reparos éticos ante la posiblidad de un futuro capaz de producir en serie a los seres humanos. El dramático caso de Molly Nash, parece haber sido cuidadosamente elegido por los científicos para eliminar esas sombras de la clonación y dar un paso definitivo en la legitimación de sus prácticas ante la opinión pública. Llama la atención que, alrededor del caso, se haya desplegado toda una avalancha de información , incluso con gráficos y complejas explicaciones de expertos poniéndonos al día de las diversas prácticas, ahora amparadas bajo el manto común de lo "terapéutico": sólo pretendemos curar y evitar enfermedades.

Este baño de opinión pública de las técnicas de clonación, no hace sino confirmar que la comunidad científica sigue realizando sus experimentos al margen de consideraciones éticas y luego sondea el estado de la opinión pública, buscando su aprobación para conseguir el respaldo legal. Es decir, la comunidad científica se sigue acogiendo, mayoritariamente, a una visión "ilustrada y moderna", caracterizada por los siguientes presupuestos: a) defensa de la autonomía de la ciencia respecto de la sociedad en el terreno de la investigación; b) el progreso técnico es imparable c) convencimiento de que cualquier efecto adverso que el progreso suscita puede ser resuelto con nuevos avances; d) percepción de la naturaleza como espacio absolutamente controlable; e) afirmación de un "neutralismo axiológico", tanto en el rumbo de las investigaciones como en las consecuencias sociales derivadas de los descubrimientos.

Dicho con otras palabras: entre los científicos parece no existir, de facto, una autorregulación ética y al Derecho le resulta muy difícil, cuando no imposible, controlar y exigir el respeto a las legislaciones limitativas actualmente en vigor.

En segundo lugar, dado que la competitividad empresarial ha entrado de lleno en la biotecnología y las grandes inversiones exigen rentabilidad, el juego de intereses económicos parece estar siendo determinante en los sorprendentes cambios jurídicos (aprobación de la clonación experimental en Gran Bretaña y Estados Unidos), cuya justificación de beneficios futuros silencia y oscurece los enormes reparos éticos de la actual y gigantesca manipulación y destrucción de embriones. Por último, la extraordinaria repercusión mediática en clave de fama y reconocimiento planetario alcanzada por quienes han realizado aportaciones decisivas en el campo de la biomedicina (el caso de Montagner y Gallo es paradigmático), hace sospechar que existe una feroz competencia entre los investigadores (y también entre las empresas) para ver quién será el futuro Dr. Barnard de la clonación; esto es, el primer científico que pase al estrado más alto de la historia por haber conseguido desarrollar en la probeta un pulmón o un corazón a base de células madre.

En esta estrategia de legitimación pública, los medios de comunicación nos han informado al detalle sobre tres importantes ámbitos donde la comunidad científica busca sortear los reparos éticos y jurídicos: 1) la obtención de "células madre" procedentes de embriones humanos, clonados para tal fin, destinadas a la producción de tejidos u órganos de repuesto para trasplantes (la llamada clonación terapéutica); 2) la selección post FIV para su gestación, sólo de aquellos embriones que reúnan determinadas características genéticas (diagnóstico preimplantatorio); 3) la posibilidad de obtención de embriones "casi humanos", fusionando núcleos de células humanas y óvulos animales desnucleados, recurriendo a su posterior clonación, con la exclusiva intención de obtener en número suficiente las codiciadas células madre (se han realizado ya dos experiencias "exitosas" de hibridación entre núcleos humanos y óvulos de vaca y de cerdo).

Por lo que se refiere al primer ámbito la obtención de células madre recurriendo a la clonación de embriones, en los medios se han hecho sentir con más fuerza las voces aprobatorias, aunque tampoco han ocultado los reparos suscitados por algunos. Valga como muestra lo que un destacado profesor del Instituto de Filosofía del CSIC, J. Mosterín, expresaba en un diario de máxima repercusión: "Antiabortistas histéricos y obispos dogmáticos se oponen a la investigación con el peregrino argumento de que los embriones serían personas y tendrían alma. El embrión de una semana en el que se dan las células madre totipotentes es una bolita de células invisible a simple vista y carente por completo de atisbo alguno de sistema nervioso. Desde luego no es una persona, pero es que ni siquiera es un animal, pues carece de ánima. Sin el sistema nervioso no hay alma, no hay psiquismo" (S). El embrión carece de alma, de conciencia, de sentimientos, es incapaz de sufrir y no merece consideración moral. Los que se oponen ahora a los avances de la biología son los mismos que condenaron a Copérnico, quemaron a Bruno, encarcelaron a Galileo y trataron de desterrar las teorías de Darwin de las escuelas. No hay que hacerles más caso que a los que despotrican sobre el número 13. Lo que necesitamos ahora no son anatemas ni supersticiones sino una mirada clara y sin prejuicios, una ética basada en la racionalidad y una mejor información científica. Cantemos las glorias de la células madre y bendigamos su futuribles beneficios".

El planteamiento sintetiza con más dosis de vinagre de lo que sería políticamente correcto los que muchos "ilustrados" han ido opinando con tonos menos agrios. Con todo, no parece que calificar al embrión como una "bolita de células" e identificar determinados postulados éticos dirigidos a la defensa de la dignidad de la persona humana con posturas oscurantistas e irracionales, pueda considerarse un ejercicio de máxima ecuanimidad en el juicio. Mas sensatez demostraba otro prestigioso iusfilósofo de la Universitat de València, V. Bellver, mucho más ecuánime y cauteloso, que se manifestaba en ese mismo medio escrito, favorable a mantener el marco de protección del embrión sancionado en el Convenio Europeo de Derechos Humanos y Biomedicina de 1996 y a no olvidar el hecho de que "los españoles decidimos sancionar como delito, en un Código Penal que costó más de 15 años elaborar y que fue aprobado con un amplio respaldo parlamentario, la creación de embriones con fines distintos de la reproducción. Entendimos entonces que únicamente la finalidad reproductora podía justificar la creación de un embrión humano. El mundo científico coincide en afirmar que el futuro de la medicina regenerativa está en la reprogramación celular. Llegará el momento en que sabremos lo suficiente sobre el desarrollo celular como para reprogramar las células y convertirlas de nuevo en células sanas.

Algunos piensan que la utilización de embriones es un paso imprescindible para llegar a ello; otros, en cambio, opinan que la investigación con células adultas basta para alcanzar la misma meta. Hasta el momento ganan la carrera estos últimos, pues las células madre de adultos están demostrando una increíble capacidad de transformación y, por otro lado, son las únicas que ya han acreditado su potencial terapéutico(S). En el horizonte de la investigación con células madre se puede encontrar un área en la que la ciencia, la ética y el Derecho resulten compatibles: las de las células madre de adultos.

Así las cosas, creo que lo más adecuado sería mantener nuestra actual regulación sobre los embriones, potenciar la investigación con células de adultos y suscitar un amplio diálogo social sobre estas cuestiones para que ni ideologías partidistas ni, sobre todo, poderosos y espurios intereses económicos dicten las normas de una materia tan sensible. Las células madre ofrecen muchas esperanzas, pero exigen algunas cautelas".

Visto lo sustancial de ambas posiciones, me parece objetivo reconocer que constituiría un grave retroceso que las legislaciones vigentes, cuya intención ha sido la de proteger al embrión humano de cualquier instrumentalización, cambiaran ahora de sentido por un puro criterio de utilidad (el beneficio de personas enfermas).

En todo caso, la relevancia práctica de este debate moral se vislumbra muy limitada. Los criterios puramente utilitarios ya han producido un cambio de legislación en USA y Gran Bretaña. Lamentablemente, puesto que no parece ser la protección del embrión lo que está centrando el debate jurídico, parecemos avocados a que las legislaciones se acaben plegando a una pura estrategia de rentabilidad en la que se manejan dos variables: los futuros beneficios curativos y las posibilidades técnicas reales de obtención masiva de células madre. Si resulta más rentable el proceso utilizando células adultas, ésta vía se impondrá de hecho; si resulta más rentable hacerlo desde las células embrionarias, la clonación experimental será la vía finalmente legalizada.

En lo tocante a la segunda de las prácticas, la selección genética de embriones a través del diagnóstico preimplantatorio, los medios han evidenciado unos reparos éticos de mucho mayor calado, puesto que el recurso a este procedimiento plantea, junto a los beneficios, un aterrador horizonte de fabricación de seres humanos a la carta, haciendo real la posibilidad de diseñar y controlar el perfil genético de la humanidad futura. Hemos sabido con todo detalle que la biomedicina permite ya someter a los embriones obtenidos por FIV a un pequeño número de análisis genéticos que posibilitan la predicción (y consecuente selección) de numerosas características que hasta ahora se dejaban al azar de la fecundación (diagnóstico preimplantatorio). En cuestión de pocos años, el conocimiento completo del genoma humano (todos los genes de cada embrión) permitirá conocer por anticipado miles de esas características personales y, en su caso, la selección a voluntad de las mismas en el futuro bebé.

Las legislaciones de la mayoría de los países permiten la realización de los análisis necesarios para seleccionar un embrión que esté libre de las mutaciones genéticas letales de las que son portadores sus padres (el caso de la hemofilia, la hepatitis, la espina bífida o el sida son paradigmáticos). Pero esas mismas leyes prohiben tajantemente dar un paso más en ese itinerario, rechazando esos análisis cuando se pretenden seleccionar otras cualidades de los embriones que no afectan a su viabilidad: el sexo, la altura, la inteligencia o como en el caso del hermano de Molly Nash la compatibilidad de tejidos. El problema reside en delimitar con exactitud donde se encuentra la frontera tremendamente difusa entre seleccionar un embrión para evitarle una enfermedad y hacerlo para mejorar sus propiedades y cualidades o en virtud de su óptima adecuación para cumplir una función esencial. En el caso del bebé Adam Nash, de los 15 embriones obtenidos por FIV, 11 hubieran dado lugar a bebés sanos de anemia, pero sólo uno tenía, además, la composición genética óptima para servir de donante de células a su hermana y ése fue el seleccionado.

Los científicos del centro donde se seleccionó el embrión de Adam declaran que "no ven inconveniente alguno en ayudar a tener un hijo para salvar la vida de otro". Por su parte, Vivienne Nathanson, responsable de ética de la Asociación Médica Británica, ha sido extremadamente contundente: "No podríamos tolerar que un bebé fuera concebido para someterle luego a tratamientos dolorosos en beneficio de otra persona". La cuestión ética de fondo sigue siendo la misma: la legitimidad de instrumentalizar a un ser humano cuya única condición de existencia sea la de resultar útil para ayudar a la curación de otro. Algo que, en nuestra opinión, nunca puede justificarse.

Podríamos decir que la condena legal y moral es prácticamente unánime sobre la posible selección genética de aquellas cualidades que en un embrión cabría denominar (si es que cabe) como "accidentales": altura, color de los ojos o del pelo, etc.; no obstante, si las legislaciones no se actualizan con rapidez y plantean controles eficaces, las clínicas de reproducción asistida acabarán realizando ofertas de este tipo a los futuros padres. Ahora bien, ¿puede considerarse accidental el sexo? En el caso de los hemofílicos resulta esencial puesto que sólo padecen la enfermedad los hombres, de manera que las clínicas ya realizan la selección a favor de embriones del sexo femenino. Pero ya hemos tenido noticia en la prensa de la decisión de una pareja escocesa de acudir a los tribunales para reclamar su derecho a elegir el sexo femenino de su próximo hijo (tiene otros hijos varones), que contribuya a remediar los graves problemas psicológicos sufridos por la madre a raíz de la pérdida de su única hija en un trágico accidente.

Pero si damos un paso más, el dilema aumenta de envergadura: ¿cabe considerar el peso, la altura, el color de los ojos o del pelo, un factor accidental para quien aspira a ser top model o actriz de Hollywood? Arthur Caplan, director del Centro de Bioética de la Universidad de Pensilvania, lo ha afirmado sin ambages: "no está claro el límite de lo que son objetivos tolerables: ¿ojos azules, un riñón, un testículo?" En efecto, una vez que se acepta la posibilidad de selección ¿dónde está la frontera? Todo lo que en unos casos podría calificarse de puro capricho, en otros podría apreciarse como cuestión decisiva y esencial. En última instancia, nos enfrentamos al riesgo de que, mediante el recurso a las manipulaciones genéticas, acabemos generando un ser humano sustancialmente distinto a como ha sido hasta ahora.

La tercera gama de prácticas de las que hemos tenido noticia y que parecía buscar también una legitimación pública, atañe a un singular proceso de clonación híbrida consistente en fusionar núcleos de células humanas, que contienen "casi" toda la carga genética de nuestra especie, con óvulos desnucleados de cerdo o vaca, que son "muy similares" a los humanos. De este modo se produciría un embrión "casi" humano. El "casi" se debe a que, de los 50.000 genes que contienen la información para constituir un ser humano, apenas unas decenas no se encuentran en el núcleo sino en unos orgánulos extranucleares llamados mitocondrias. En esta ocasión, afortunadamente, el rechazo radical ha resultado unánime y las denuncias han llegado desde todos los ámbitos.

Dos empresas (Biotransplant y SCS) iniciaron el proceso de registro de este experimento en la Oficina Europea de Patentes, cuyo comité de expertos emitió un dictamen desfavorable a la inscripción por considerarlo "contrario a la moral y a la legislación europea sobre clonación". Ha sido Green Peace la más beligerante en esta cuestión, acusando a ambas empresas de "centíficos Frankenstein" y conminándolas a despejar la sospecha de querer fabricar una criatura medio humana y medio porcina. En España, tanto desde la Sociedad Internacional de Bioética como desde el Centro Nacional de Biotecnología se ha manifestado con claridad el total rechazo frente al experimento.

El caso es que, ante la presión internacional, los dirigentes de ambas compañías han declarado su renuncia a culminar la patente, no sin antes dejar clara la intención de su experimento: jamás se ha intentado conseguir una criatura híbrida según dicen, jamás podría obtenerse un embrión viable de este tipo para su implantación; se trataba tan sólo de estudiar la posibilidad de obtener mejores cultivos de células madre a partir de estos embriones de pocos días.

Aun cuando en este caso no se haya conseguido, en absoluto, elobjetivo legitimador, llama la atención que casi todos los que se han manifestado contrarios a esta técnica han apostillado que, por el contrario, la clonación de embriones humanos con fines terapéuticos sí es un instrumento muy valioso para combatir y erradicar innumerables enfermedades, que no debe ser puesto en tela de juicio por estas prácticas inaceptables. En definitiva, no acaba de quedar clara la moraleja que se nos intenta trasmitir en este caso. No sabemos si la conclusión ha de ser, como resulta obvio, que permitir la clonación, a pesar del buen fin que se persiga, acabará desembocando necesariamente en auténticas barbaridades; o si se trata de una estrategia de legitimación indirecta de la clonación "buena" y de los que la defienden, haciéndoles aparecer radicalmente contrarios a otro tipo de clonación que no sea la "ortodoxa".

En conclusión, a la vista de lo que sabemos y de lo que quizá ni siquiera sospechamos, con independencia de que deba mantenerse como presupuesto que toda instrumentalización del embrión no admite justificación alguna, no podemos sino afirmar que sería una grave temeridad legalizar estas prácticas sin haber determinado con la máxima profundidad sus consecuencias y sus alternativas y que no resulta aceptable evadir el debate moral buscando solamente una legitimación pública mediática a través del recurso a los casos trágicos.

 

 

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